Hiroshima otra vez, cuando ya quedó claro que yo no entendía de bombas nucleares

Todos mis textos están inacabados. No os voy a decir eso de «en constante evolución», porque parecería que tienen vida propia. No es la idea. Esto es algo más personal, más íntimo. Para muestra, hoy retomo la «saga» de una sombra en Hiroshima.

Todos mis textos son susceptibles de cambios. Si en algún momento dejo de volver a ellos, si dejo de darles vueltas, es porque hay otros que me llaman más, porque oscilo entre proyectos nuevos, épocas de bajona o falta de motivación. Algunos son directamente tan infumables que no merecen mucho por mi parte. Otros, hace tanto tiempo que los escribí por primera vez que ya marcan una época y retomarlos sería profanarlos. Pero terminados no están. Perfectos, nunca. Reposando, puede. Terminados, no. Aceptables, quizá. Revisables, también. Inacabados, siempre. Es lo bueno de no publicar (porque copiar y pegar en un blog no es publicar, aquí lo mismo puedo hacer que deshacer).

Os cuento todo esto porque he vuelto a matar al pobre Hikaru. Esta vez le he desposeído hasta de su nombre.

En junio de 2020, cuando compartí por aquí el que debía ser su relato final, ya os decía que yo tenía mi parte preferida de la composición. De hecho son dos. Así que me ha dado por juntarlas e intentar otra versión, otro relato (que es el mismo), el hiroshima-final-final-marzo-2021.

Spoiler: Lo he dicho antes, todos mis textos están inacabados. Su última versión será la que me sobreviva. Aunque, de momento, lo dejamos en esta nueva. Solo otra más.

Una sombra en Hiroshima

Hay una plaza en alguna confluencia de calles de Hiroshima. La plaza está llena de bancos, pero no de los de sentarse a ver pasar la vida, que también, sino de los que te hipotecan el salario. Estas sucursales bancarias están dentro de grandes edificios de hormigón, con sus escalinatas y sus cristaleras de corazón económico de prefectura próspera no preocupada en exceso por una guerra agonizante (sí, esa guerra) que se libra, si es que sigue, lo suficientemente lejos de allí. Edificios, decía, que destacan del resto porque en realidad el centro de la ciudad de Hiroshima es más bien de callejas comerciales repletas de pequeñas tienducas que anuncian su género con coloridos letreros y lo exponen a mano del transeúnte para que no se le pierda detalle. De un lado, un ramal del río. Del otro, otro. La floración de los cerezos que en marzo arropa aquellas calles en agosto queda ya un poco lejos, si bien es cierto que, sobre la una del mediodía, se va echando de menos alguna que otra sombra en Hiroshima. Pero a las ocho y catorce de la mañana del seis de agosto de 1945 en la entrada del banco, por muy claro que fuese el día y por más despejado que estuviese el cielo, el calor, ese calor cargante de verano violento, a las ocho y catorce que marcan las agujas del reloj de muñeca que tomo como referencia, con la manecilla de los segundos avanzando hacia las ocho y quince, el calor a esa hora precisa del día en ese exacto lugar, ya digo, no es sofocante. De hecho, una ligera brisa acerca hasta los pies de la escalinata del banco un par de papeles arrugados que, si fuésemos capaces de desplegar y leer, nos alentarían a seguir en una lucha que ya sabemos perdida  («nuestra carne contra su acero» pondría) pero que consideramos, de cualquier modo, lo bastante lejana a nosotros como para que nos inquiete. Tan lejana como aquel avión. Quizá no tanto.

Ahora imagina por un instante que estás en esa plaza, sentado en las escalinatas del banco, haciendo tiempo, fumando tranquilo, mirando ese avión. En ese preciso momento. ¿Lo tienes? Estupendo. Lee conmigo: No hay sirenas, ni tiempo. Nada se detiene, todo ocurre. Una oleada de calor repentino, un calor rojo brillante, tan brillante como el sol pero rojizo no amarillo, se intensifica hasta que dejas de sentir y, entonces, ya. El haz de luz ha durado apenas unos segundos, lo has visto aparecer, atravesarte y desaparecer contigo, y durante esos segundos has sido consciente hasta que tu cerebro ha hervido haciendo chop. Has comprendido que morías cuando tu cerebro ha hecho chop. Y ya. No ha dado para más.

¿Sigues aquí? Tu sombra sí.

Sombra de una de las víctimas del bombardeo de Hiroshima en las escaleras del banco Sumitomo.

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