Temas universales, lugares comunes y otros vicios repetitivos

Autógrafos de los integrantes de La Oreja de Van Gogh sobre entradas de la gira de Cometas por el cielo

Amor, desamor, vida, muerte, guerras, odios, el inexorable paso del tiempo… son temas universales y recurrentes en literatura (en las artes creativas en general). Que muchas obras se encuentren ahí no las convierte en burdas copias o plagios, pueden ser distintas aproximaciones a la misma materia en diferentes épocas (o en la misma). Cuanto más universal sea un tema, a más gente puede alcanzar, más gente se podrá sentir identificada. Cuanto más particular sea el tema (los chistes propios de un gremio laboral, por ejemplo), más selecto será su público. En fin, que los temas universales son una materia comprensible y accesible, pero ¿y los lugares comunes? ¿Sabéis qué son los lugares comunes?

El inexorable paso del tiempo, burdas copias, público selecto… ¿Os han sonado? Seguro que sí. Se trata de expresiones bastante manoseadas que, bueno, bien colocadas en alguna ocasión (en un uso descriptivo, coloquial y rápido del lenguaje) sirven para avanzar sin complicaciones, para decir lo que quieres decir y seguir a otra cosa. Pero en literatura, en poesía, en canciones… en textos que quieran tener un shu shu, un qué se yo, son los llamados «lugares comunes»: Muletillas, frases hechas, horrores que debemos evitar.

Durante una mirada

No recuerdo haber hablado de La Oreja de Van Gogh en este blog, sí en otras redes sociales. De hecho esta cuarentena pasada he dado bastante la brasa con las nuevas canciones que –eones después de las anteriores– han empezado a lanzar porque tienen disco nuevo. Esta es la parte del título sobre los otros vicios repetitivos. Que sí, que exagero, que solo han sido unos años. Como sea, tampoco voy a comenzar a evangelizar desde aquí (entre otras cosas porque esto lo leen cuatro gatos y menos aún si son entradas sobre escritura). Simplemente ocurre que una de las canciones que promocionan el nuevo álbum de la banda me ha resultado familiar.

Vídeo oficial «Durante Una Mirada» de La Oreja de Van Gogh.

A ver, «familiar» en el sentido de que trata un tema sobre el que hace años escribí. No me meto en si suena muy a ellos, si es mejor o peor, alta, baja, guapa o fea. Familiar porque es una historia que supongo que le ha ocurrido a más de una y de uno y, al final, se escribe y se canta, se crea y se le da vueltas a lo que se vive, a lo que hace daño y a lo que gusta. Se le puede echar más o menos imaginación, pero todas las historias están basadas en hechos reales. Este es otro debate que tampoco voy a abrir aquí, que me voy por las ramas. Nos quedamos con lo de los temas universales que bastante es.

«Durante una mirada», que así se llama la canción, habla de una muchacha y un muchacho que han rehecho su vida después de ellos y entonces de repente, se ven entre la gente y durante una mirada el universo se detiene (sí, esto es parte de la letra y la canción sigue).

Aquí es cuando yo me remonto a finales de 2016. Esta fecha os la tenéis que creer, porque lo mismo podría haber escrito esto de abajo anteayer (aunque ya os digo que no estoy en condiciones). 2016 fue cuando yo tecleé «A un abismo». Llevé el texto a una de las clases de Escritura Creativa de Casa Tomada, podéis apuntaros a sus cursos aquí. También os tenéis que creer que esto no es un anuncio encubierto. Pongo el enlace porque me da la gana, no porque vayan a empezar ahora los cursos de nuevo ni nada de eso, y porque son buena gente (esto creo que sí os lo he dicho antes).

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Memoria gastada

Lo manoseáis todo.

Tengo una imagen gastada en la memoria. No es clara, ninguno de mis recuerdos lo es. Seguramente la haya adornado con el paso del tiempo. Pero ahí está, fija en mi memoria: Una imagen de mi madre sentada en la mesa del comedor trabajando entre papeles y su máquina de escribir. Mi madre en la mesa del comedor cuando la mesa del comedor no hacía gala de su nombre, cuando la mesa del comedor hacía las veces de su despacho. El despacho de una madre que no tiene espacio propio.

Todo lo toqueteáis, le quitáis sentido.

Está sentada en una de las sillas, con una de sus piernas levantada, apoyada en otra silla. La tabla de madera de la mesa está protegida con un hule grueso de plástico blanco en su parte superior, con pelillos aterciopelados en la inferior, acariciando la madera. Yo no puedo dibujar en la mesa si esa tela de hule no está puesta. Pero la tela está puesta y yo estoy al otro lado de la mesa, pintando. Tengo seis años. No. En realidad no lo sé, quizá tenga menos. Mi madre sostiene en alto una revista sobre obstetricia y ginecología. Lee algo. Está en inglés. Yo no sé inglés, no al menos el inglés suficiente, pero sé que es esa revista porque mi padre las colecciona en su consulta. Tiene cientos de números expuestos en las estanterías superiores. Una vez salió en uno de ellos. Pero él tampoco sabe inglés, al menos no el inglés suficiente. Mi madre le traduce los artículos más importantes. Los transcribe al español en su pequeña Olivetti aguamarina.

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Como si yo entendiera de bombas nucleares: Relato final

Sombra de una de las víctimas del bombardeo de Hiroshima

Ha sido un viaje curioso. De no tener nada que contar a soltar varias chapas sobre la cultura japonesa, como si yo entendiera de eso o de bombas nucleares. Pero hemos llegado al final. Tampoco nos podemos pasar media vida dándole vueltas. Se podrá arreglar algo, pero en algún momento hay que dejarlo ir y el momento ya está aquí.

Después de todas estas entradas con sus mini relatos incluidos, quizá debería hacer una encuesta para que votarais por vuestro favorito (que no tiene que ser necesariamente este final que viene ahora). Pero, siendo realista, estos tostones os los habréis tragado como mucho seis personas, así que me ahorro la escasez de votos y ya, si queréis, dejáis en los comentarios de esta última publicación el que más os ha gustado. Yo tengo mi preferido también, quizá algún día os lo diga. En fin, vamos al grano: El relato.

Anotaciones previas

Dejo de antemano varios enlaces de interés que podéis mirar ahora o después de haber leído el relato final. Uno, el primero, al folleto del Museo por la Paz de Chiran (un PDF en inglés en el que se recoge información sobre el museo y en el que aparecen cartas de soldados japoneses kamikazes a sus familias). Otro, el segundo, a un artículo de Magnet sobre cómo pretendía Japón hacer frente a la guerra en el Pacífico y, por supuesto, cómo soñaba ganarla. Os los enlazo más que nada para que los tengáis presentes como referentes. Aunque muchas veces me saco cosas de la manga, en otras ocasiones me agarro a datos reales lo bastante brutales de por sí como para andar adornándolos o intensificándolos innecesariamente. Podéis acercaros también a testimonios de los hibakusha, supervivientes a los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Os digo de antemano que algunos de ellos le dan mil vueltas a mi relato o a cualquier historia parecida (el de Atsumu Kubo en concreto). Todo esto es la realidad pasando por encima de la ficción. Ahora os dejo con la ficción:

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