Como si yo entendiera de bombas nucleares: Relato final

Ha sido un viaje curioso. De no tener nada que contar a soltar varias chapas sobre la cultura japonesa, como si yo entendiera de eso o de bombas nucleares. Pero hemos llegado al final. Tampoco nos podemos pasar media vida dándole vueltas. Se podrá arreglar algo, pero en algún momento hay que dejarlo ir y el momento ya está aquí.

Después de todas estas entradas con sus mini relatos incluidos, quizá debería hacer una encuesta para que votarais por vuestro favorito (que no tiene que ser necesariamente este final que viene ahora). Pero, siendo realista, estos tostones os los habréis tragado como mucho seis personas, así que me ahorro la escasez de votos y ya, si queréis, dejáis en los comentarios de esta última publicación el que más os ha gustado. Yo tengo mi preferido también, quizá algún día os lo diga. En fin, vamos al grano: El relato.

Anotaciones previas

Dejo de antemano varios enlaces de interés que podéis mirar ahora o después de haber leído el relato final. Uno, el primero, al folleto del Museo por la Paz de Chiran (un PDF en inglés en el que se recoge información sobre el museo y en el que aparecen cartas de soldados japoneses kamikazes a sus familias). Otro, el segundo, a un artículo de Magnet sobre cómo pretendía Japón hacer frente a la guerra en el Pacífico y, por supuesto, cómo soñaba ganarla. Os los enlazo más que nada para que los tengáis presentes como referentes. Aunque muchas veces me saco cosas de la manga, en otras ocasiones me agarro a datos reales lo bastante brutales de por sí como para andar adornándolos o intensificándolos innecesariamente. Podéis acercaros también a testimonios de los hibakusha, supervivientes a los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Os digo de antemano que algunos de ellos le dan mil vueltas a mi relato o a cualquier historia parecida (el de Atsumu Kubo en concreto). Todo esto es la realidad pasando por encima de la ficción. Ahora os dejo con la ficción:

Relato

# Hikaru
Te voy a explicar quién eres. Después tú ya me dices.
Imagina: EXTERIOR - HIROSHIMA - DÍA.
Hay una plaza en alguna confluencia de calles de Hiroshima. Las sirenas han dejado de sonar, no hay peligro. La plaza está llena de bancos, pero no de los de sentarse a ver pasar la vida, que también, sino de los que te hipotecan el salario. Tú, Hikaru Misaji, hombre de mediana edad japonés, casado y orgulloso padre de dos mártires de guerra, esperas turno pacientemente en la puerta de tu sucursal bancaria para discutir, siempre desde el respeto, con el director Nakamura, las condiciones del préstamo que necesitas para poder atender debidamente a tu mujer. Su estado de salud se ha resentido recientemente tras recibir la carta de despedida del segundo de vuestros hijos, el pequeño Teruo-chan: «Mamá, siento haber sido un crío desobediente. Perdóname. Me enorgullece partir». Teruo siempre admiró a su hermano Hiro. Tú adorabas a los dos.
Fumas un cigarrillo mientras esperas. Son las ocho y once de la mañana de un lunes seis de agosto de 1945. La brisa arrastra hasta tus pies unas octavillas arrugadas con propaganda militar. «Nuestra carne contra su acero» llegas a leer sin molestarte en recogerlas. Miras tu reloj, las ocho y doce. El cielo está despejado, el día es claro. Echas un vistazo más allá de los edificios del otro lado del río y apuras el cigarrillo. Las ocho y trece. Decides limpiar tus gafas para presentarlas impolutas ante el señor Nakamura. Te las quitas y frotas los cristales con el pañuelo blanco perfectamente planchado que acabas de sacar del bolsillo de tu camisa. Las ocho y catorce. Vuelves a ponerte las gafas y enciendes otro cigarro. Ya no falta mucho para tu reunión dentro del banco, pero todavía serán unos minutos. Decides sentarte en la escalinata de acceso al edificio de hormigón que acoge la sede de tu sucursal. La manecilla de los segundos del reloj de tu muñeca avanza con precisión nipona, el minutero alcanza el cuarto de vuelta. Un avión no muy grande, seguramente militar, sobrevuela la ciudad. Te recreas en el sabor del tabaco mientras sacudes las cenizas del cigarrillo, piensas en tu mujer y, entonces, ya.
No hay sirenas, ni tiempo. Nada se detiene, todo ocurre. Una oleada de calor repentino, un calor rojo brillante, tan brillante como el sol pero rojizo no amarillo, se intensifica hasta que dejas de sentir y, entonces, ya. El haz de luz ha durado apenas unos segundos, lo has visto aparecer, atravesarte y desaparecer contigo, y durante esos segundos has sido consciente hasta que tu cerebro ha hervido haciendo chop. Has sabido que no eras especial porque todos morís tarde o temprano y, cuando tu cerebro ha hecho chop, tú has muerto. Podía contarte que has trascendido tu existencia, que ahora eres libre de tus ataduras mortales. Podría hacer una analogía entre las cenizas de tu cigarrillo y las tuyas al desaparecer. Sería estupendo enfatizar que siempre serás recordado por tus seres queridos y que tu sombra quedó grabada en las escaleras donde esperabas. «Vestigios de una tragedia, lo que nunca debió ocurrir». Pero lo cierto es que dejas solo dos hijos muertos en una guerra perdida y la memoria quebrada de una mujer rota y ahora desasistida. No es tu culpa, no te culpes. Al menos tú no sufriste porque no dio tiempo a más.
Ok. ¿Lo tienes? ¿Serás capaz de interpretarlo?

Anotaciones posteriores

Del primer día a hoy, han cambiado cosas. Lo primero, el título definitivo del relato, que ha dejado de ser «Una sombra en Hiroshima» (porque ha perdido peso en lo que se cuenta) para pasar a llamarse «Hikaru» (recordad: destello, resplandor) como el personaje.

En la primera entrada con ejemplos, donde surgían las ideas primitivas para escribir este relato, decía que el tema del mismo parecía que sería la intrascendencia del individuo y, a su vez, el conflicto del personaje tendría que ser la consciencia de esa intrascendencia (repetid el trabalenguas hasta que os lo creáis). Esto segundo resultaba cogido con pinzas. Haber realizado este viaje creativo que os he ido describiendo (este ejercicio de darle vueltas al tema para irlo calzando) ha tenido como resultado encontrar el verdadero conflicto del personaje: Conseguir un préstamo para poder pagar los gastos médicos de su mujer. Un conflicto mucho más llano, más tangible, menos filosófico.

Al menos ese sería el conflicto del personaje dentro del relato, porque también hay un juego de deshumanización / identificación al tratar al lector (o lectora) como si fuera a interpretar la escena que se describe. Es decir, quien lee es otro personaje al que quien habla (narrador / director / ¿dios?) se dirige. En este caso, el conflicto se traslada al narrador: ¿Será capaz de transmitir la congoja de Hikaru a su lector / actor? ¿Lo ha sido? ¿He conseguido algo o solo he estado dando vueltas a un hecho histórico por entretenimiento?

Si nos fijamos en el lenguaje, al final he rebajado la presencia de los honoríficos japoneses (solo uso chan una vez, para referirme al hijo pequeño de Hikaru, intentando meter esa pullita). He simplificado su uso para no despistar al lector que no conozca estos rangos y porque solo habría ocasión de usarlo con el director del banco, nombrado en dos ocasiones, una como «director» y otra como «señor». No voy a usar un san o sama ahí en medio solo por una vez que hay que escribir «señor».

He reutilizado elementos de los textos previos. Párrafos enteros en algunos casos. Pero como apuntaba al final de la primera entrada de este bloque, no he tratado de hacer un pastiche y a correr. He tratado de escribir otra vez lo que tenía en mente después de todo el proceso.

Luego se pueden analizar mis manías rítmicas o los juegos de palabras que siempre suelo meter en lo que escribo, la mayoría de las veces inconscientemente: como empezar jugando con un «hay / no hay» que podría sonar repetitivo pero (después de releerlo y decidir no tocarlo) para mí marca un contrapunto; aunque en otras ocasiones soy consciente, como al mezclar bancos con BANCOS para soltar la gracia (que quizá solo me haga chiste a mí, pero en fin) o combinar todo con nada («Todo ocurre, nada se detiene»).

Es el momento de dejar reposar la historia. De guardar el relato en un cajón y retomarlo al tiempo para considerarlo con otra mirada. La diferencia es que se va a quedar aquí expuesto a la intemperie. Quizá un día vuelva sobre él, grite EUREKA, le cambie tres comas y lo tenga listo, pero listo de verdad. De momento, es lo que hay. Si habéis aguantado hasta aquí, dejad en los comentarios vuestro «experimento» favorito de toda esta serie ^_^

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