El peor escritor del mundo

Seguramente hayas acabado aquí confundida (o confundido, pero como no soy de las que repiten el masculino y femenino, ponga el género que ponga, tú entiéndelo como neutro y hala, sin más dramas. Tampoco voy a remarcar esa neutralidad con acabados afrancesados o incógnitas matemáticas, que bastante tengo con escribir enrevesado como para complicarlo más con letras fuera de sitio). Si eres lector habitual (¿tengo de eso?) o visita de paso en busca de ayuda (de esto sí que sí), lo mismo da, ni esta entrada es habitual ni te va a ayudar. Lo siento. Pero me parecía una deshonra para este año acabarlo sólo (con tilde, porque a veces me agarra la vena conservadora) con una única actualización (desactualizada a estas alturas).  Así que he decidido excusarme. Con esto me entretengo ahora (con las excusas no, con lo que sigue). Con relatos.

Como este blog no nació con vocación de contener mi verborrea literaria (nótese el doble sentido, a veces hago esas cosas inconscientemente) sino más bien con la intención de compartir algunos consejos, trucos o descubrimientos tecnológicos (barra) informáticos (barra) lo que fuera, pues no he dado la tabarra con esta otra faceta (aunque algo se ha colado). Pero ahora que no actualizo, pues tiro de lo que tengo más a mano. Así que suelto esto aquí, que no voy a vivir de ello, que me define, que me excusa. Y quizá le sigan otros o quizá no.

 

El peor escritor del mundo

Una Olivetti aguamarina

El peor escritor del mundo vive en una isla sin salida al mar. Observa todo lo que le rodea con coladores en los ojos y sus oídos conectan uno con otro dejando pasar los sonidos con claridad, de extremo a extremo.

El peor escritor del mundo despierta en plena noche con algún eureka que se le escapa en sueños y, aunque atesora todo lo que recuerda, no recuerda ni la mitad. Por eso tiene un libro repleto de páginas en blanco que retoma cada semana para añadir un par o tres más. También tiene una novela llena a medias de vaciar y un cuadernillo de poesías que en el fondo solo sabe como rimar: AA BB, AB AB, A BB A…

El peor escritor del mundo tiene siempre las manos pegajosas. No, pegajosas no, más bien húmedas, porque al peor escritor del mundo le sudan los dedos cuando apalea las teclas de su pequeña Olivetti aguamarina. Haga frío o calor.

La pequeña Olivetti aguamarina del peor escritor del mundo ha sobrevivido tantos años porque su dueño tampoco es que la use tanto. Su dueño se sienta frente a ella en una mesa de comedor en el salón de un apartamento de ciudad. Un cuadro con una puesta de sol anónima decora la pared contraria a la ventana. Una puerta y una librería del Ikea repleta de antes de que Ikea fuera una marca conocida completan la decoración de la estancia. En un salón, de un apartamento, de una ciudad, en una isla. Es ahí cuando el escritor coloca a un lado de su maquina los cuadernos con las notas que nunca tomó y, al otro, un vaso del agua que nunca beberá. Alza las manos y espera. Es el pianista antes de comenzar su pieza. Es el virtuoso antes de deslumbrar con su obra. Es la resistencia del aire acariciando las yemas antes de que estas sucumban sobre las teclas. Es el vacío de la caída.

Y cae. Entonces, el peor escritor del mundo añade tres o un par de páginas más a su preciada colección de invisibilidades literarias.

Excusas y felices fiestas, por cierto.

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