Memoria gastada

Lo manoseáis todo.

Tengo una imagen gastada en la memoria. No es clara, ninguno de mis recuerdos lo es. Seguramente la haya adornado con el paso del tiempo. Pero ahí está, fija en mi memoria: Una imagen de mi madre sentada en la mesa del comedor trabajando entre papeles y su máquina de escribir. Mi madre en la mesa del comedor cuando la mesa del comedor no hacía gala de su nombre, cuando la mesa del comedor hacía las veces de su despacho. El despacho de una madre que no tiene espacio propio.

Todo lo toqueteáis, le quitáis sentido.

Está sentada en una de las sillas, con una de sus piernas levantada, apoyada en otra silla. La tabla de madera de la mesa está protegida con un hule grueso de plástico blanco en su parte superior, con pelillos aterciopelados en la inferior, acariciando la madera. Yo no puedo dibujar en la mesa si esa tela de hule no está puesta. Pero la tela está puesta y yo estoy al otro lado de la mesa, pintando. Tengo seis años. No. En realidad no lo sé, quizá tenga menos. Mi madre sostiene en alto una revista sobre obstetricia y ginecología. Lee algo. Está en inglés. Yo no sé inglés, no al menos el inglés suficiente, pero sé que es esa revista porque mi padre las colecciona en su consulta. Tiene cientos de números expuestos en las estanterías superiores. Una vez salió en uno de ellos. Pero él tampoco sabe inglés, al menos no el inglés suficiente. Mi madre le traduce los artículos más importantes. Los transcribe al español en su pequeña Olivetti aguamarina.

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Como si yo entendiera de bombas nucleares: Relato final

Sombra de una de las víctimas del bombardeo de Hiroshima

Ha sido un viaje curioso. De no tener nada que contar a soltar varias chapas sobre la cultura japonesa, como si yo entendiera de eso o de bombas nucleares. Pero hemos llegado al final. Tampoco nos podemos pasar media vida dándole vueltas. Se podrá arreglar algo, pero en algún momento hay que dejarlo ir y el momento ya está aquí.

Después de todas estas entradas con sus mini relatos incluidos, quizá debería hacer una encuesta para que votarais por vuestro favorito (que no tiene que ser necesariamente este final que viene ahora). Pero, siendo realista, estos tostones os los habréis tragado como mucho seis personas, así que me ahorro la escasez de votos y ya, si queréis, dejáis en los comentarios de esta última publicación el que más os ha gustado. Yo tengo mi preferido también, quizá algún día os lo diga. En fin, vamos al grano: El relato.

Anotaciones previas

Dejo de antemano varios enlaces de interés que podéis mirar ahora o después de haber leído el relato final. Uno, el primero, al folleto del Museo por la Paz de Chiran (un PDF en inglés en el que se recoge información sobre el museo y en el que aparecen cartas de soldados japoneses kamikazes a sus familias). Otro, el segundo, a un artículo de Magnet sobre cómo pretendía Japón hacer frente a la guerra en el Pacífico y, por supuesto, cómo soñaba ganarla. Os los enlazo más que nada para que los tengáis presentes como referentes. Aunque muchas veces me saco cosas de la manga, en otras ocasiones me agarro a datos reales lo bastante brutales de por sí como para andar adornándolos o intensificándolos innecesariamente. Podéis acercaros también a testimonios de los hibakusha, supervivientes a los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Os digo de antemano que algunos de ellos le dan mil vueltas a mi relato o a cualquier historia parecida (el de Atsumu Kubo en concreto). Todo esto es la realidad pasando por encima de la ficción. Ahora os dejo con la ficción:

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Como si yo entendiera de bombas nucleares: Ejemplos prácticos III

Bombardero Enola Gay, encargado de lanzar la bomba nuclear sobre Hiroshima

Ahora tocaría hablar con el personaje, a ver qué tiene que decir del embolao en el que le he metido. Tras saber más o menos qué le va a pasar y haber definido por dónde se va a mover, mi protagonista y yo tenemos unas palabras.

Tercer punto de este proceso creativo: 
Hable con él

Cuando ya está el escenario claro y sé lo que va a ocurrir, me entretengo hablando con el personaje protagonista para conocer su forma de expresarse, su motivación. En este caso específico, como el relato transcurre en Japón, me amoldo mínimamente a sus artificios lingüísticos y en lugar de utilizar un apelativo genérico españolizado como «señor» tal o «señora» cual, recurro a los honoríficos japoneses (san, sama, kun, chan).

Niveles del lenguaje

Solo con atender a los honoríficos ya habría un mundo, porque no vale con escoger uno al azar: Los hay más formales (san, sama), para niños (chan, quizá el más conocido aquí), algo más intermedio para adolescentes o cargos inferiores (kun), para compañeros de trabajo (senpai) o sensei para profesores, doctores… En fin, de todo. Por cierto, sama no es el femenino de san, sama es un honorífico incluso más respetuoso.

Pero además (y reforzado por esto) veréis que hay dos niveles en el lenguaje del diálogo que lo hacen vertical: Uno del personaje a la autora (respeto extremo). Otro de la autora hacia su personaje (más neutro, menos formal). No se mantiene una conversación entre dos pares (ambos personajes aparecen distanciados), sería ilógico tratarlos por igual.

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