La piratería en Internet o de cómo ahorrar en bazofia y gastar en felicidad

Hace años que acabé harta de gastar el dinero que ganaba en videojuegos, películas y canciones que, al final no me gustaban porque la única forma de averiguarlo era jugarlo primero, verlo primero, escucharlo primero.
Hace años que, gracias a Internet, comencé a ahorrar en bazofia y a gastar en felicidad. Porque gasto, claro que lo hago, no sé si seré de las pocas o de las muchas, pero sí sé que soy de las que pasa por caja cada vez que encuentra algo por lo que sí merece la pena pagar. Hablo de ediciones coleccionistas, de juegos y películas repetidas y de discos por duplicado, el normal, la nueva edición, la de rarezas… Ya que, insisto, no me duele pagar por lo que me hace disfrutar y sí me fastidia gastar mi dinero en algo a lo que no le saque partido físico o espiritual, pues, aunque tenga llenas las estanterías de videojuegos, películas o discos precintados, no quiere decir que no los disfrute, ya digo, si lo tengo es porque sé que me gustó y, para que me gustara, obviamente, he tenido que poder jugar, ver, escuchar lo que sea con antelación. Y, esto, le moleste a quien le moleste, esto sólo me lo ha permitido la piratería en Internet.
A Internet le debo permitirme conocer en un par de años a más músicos y artistas de los que pude haber oído hablar durante el resto de mi vida. Claro que no he comprado las creaciones de todos, pero sí de aquellos que… ¿cómo era? Ah, sí, que me han gustado. Lo siento si con esto sólo fomento el desarrollo de lo que me alegra la vida. Comprendo que los creadores quieran proteger sus obras, pero me niego a que vuelvan a obligarme a gastar el dinero en porquería porque ésa sea la única forma de descubrir si lo que tengo entre manos me gusta o no. Que aprendan de las demos descargables, de los músicos que regalan sus discos antiguos para que compres los nuevos. Que se adapten. Que caminen hacia delante y no contra corriente.
Y si os preguntáis por los libros y sus escritores… lo bueno que han tenido, de siempre, era que podías coger un ejemplar en la librería y ojearlo o, mejor aún, leerlo entero gratis en cualquier biblioteca y, no sé, se me hace raro que ahora también se sumen a las protestas por la divulgación libre de sus obras, todavía más en un país de supuestos analfabetos de los que siempre se ha dicho que leemos poco.