Marzo, mes oficial de las averías o de cómo aprovecho para quejarme de Movistar

Marzo está minándome la moral. Movistar, me remata.

Empezó el mes volviéndome loca la xBox, pero como reniego de ella, ahí sigue, loca y sin nadie que la quiera arreglar. Siguió matándome la PS3 retrocompatible, pero como ya sabréis ésa sí recibió atenciones y volvió a la vida. Luego, en cuestión de días, sus malas artes llegaron al lugar de trabajo, friendo el disco duro con todos los trabajos pendientes de inminente entrega y con copias de seguridad inexistentes porque, por más que se insista, para qué, si nunca pasa nada. Hasta que llega marzo. Claro.

Ahora, este marzo se ha cobrado una nueva víctima. La vibración de mi móvil y, por extensión, el propio aparato al completo, que ha de emprender un viaje sin retorno a la tierra de «para eso está la garantía», no sin antes haberme hecho odiar un poco más a Movistar.

Cuando un iPhone en garantía -me pasé al 4 en noviembre, luego el móvil está en garantía- se avería, es mejor llamar a Apple. Más directo y mejor. Por eso les llamé, evitando Movistar (o cualquier otra). Apple Care -que así se llama el servicio- te ofrece varias opciones: reemplazarte el terminal temporalmente, para siempre o simplemente llevárselo y devolvértelo. Las dos primeras cuestan dinero (y/o ampliación de garantía), la tercera no.

Pudiendo tener prestado un móvil con acceso a internet -un HTC Magic libre que hace 2 semanas cambió una amiga- y un adaptador de microSIM, pensé que para qué iba a gastar dinero. Escogí la tercera opción y me puse a bichear el HTC.

Por suerte, una bombillita se iluminó en mi -de costumbre atolondrada- cabeza y me dio por comprobar el consumo de la línea móvil por la web de Movistar. Efectivamente, la conexión 3G, para la cual tengo tarifa en el iPhone, me la cobran extra si meto mi tarjeta en otro dispositivo.

Total, que llamo a Movistar, les explico que el iPhone va a estar 7 días reparándose y que deseo tener internet móvil sin cargos extras. Me dicen que eso es imposible por contrato. Les digo que comprendo que apliquen tarifas especiales pero que no estoy traficando con teléfonos, simplemente es algo temporal. Me repiten que no pueden hacer nada porque es lo que hay y, que si no quiero gastos extra, que no me conecte a Internet porque la tarifa es sólo para iPhones como la de BlackBerrys es sólo para BBs. Les replico que estos aparatos van con cualquier tarifa de internet y que una cosa es que se inventen las tarifas y otra que los móviles funcionen o no con ellas. Vacío. Contrato. Lo que sea. Da lo mismo. Movistar no piensa en mí, ni en los 2€ que me ha birlado de la conexión. Cuelgo.

Como debo tener internet en el móvil (rooarrg!), no me queda otra que llamar a Apple, ampliar la garantía y que me den un iPhone cuando se lleven el mío.

Es probable que me haya costado más dinero la ampliación de garantía de Apple que lo que hubiera consumido con Movistar -seguro- pero, si ellos no quieren nada conmigo, no pienso darles más de lo que, por contrato, me obligan.

Ay, marzo, marzo… cuento los días que faltan para que termines.

Tus datos personales en Internet, mezcla de descuido y mala gestión

Últimamente no paro de leer noticias sobre los abusos de Facebook, sobre cómo quieren vender nuestros datos a terceros y dejarnos al descubierto facilitando nuestra dirección y nuestro teléfono [ejemplo].

Bueno… es cierto que inquieta ver cómo pretenden lucrarse traficando con nuestros datos pero, no sé, ¿Mark Zuckerberg te está apuntando con una pistola, en este momento, para obligarte a compartir con todo el mundo dónde vives?

Si no quieres que se sepa, tan sencillo es como no contarlo. Si no deseas que se vendan tus datos, no escribas tu número de teléfono y deja en blanco el apartado de la dirección. Se puede hacer. Se debe hacer. Pero cada uno es libre de tener su muro como mejor le parezca y, si de alguna manera es tan necesario mantener esta información a la vista en Facebook, siempre se pueden crear grupos de contactos con los que sí quieres compartir esos datos, para privar a los que no quieras -compradores terceros incluidos- de poseerlos. Conviene echarle un ojo a los controles de privacidad de Facebook.

Otro tema es que después haya filtraciones, hackers y deslices que hagan que la compañía X acabe con las bases de datos a rebosar… pero esa es otra historia, por la cual, la primera opción -de no poner nada que no quieras que se sepa- es la más idónea. Aunque todo este asunto de Facebook lo tomaba yo, en realidad, como excusa para hablar de lo verdaderamente indignante sobre el caso de las divulgaciones de datos personales en Internet. O por lo menos sobre lo que a mí verdaderamente me indigna, que no es otra cosa que la trifulca en la que se ha metido la Agencia Española de Protección de Datos con Google.

El asunto lleva coleando unos meses ya [ejemplo] y nace de las quejas de varios ciudadanos acerca de que datos privados suyos estén alojados en Internet a la vista de cualquiera. La AEPD quiere que Google elimine de sus resultados de búsqueda estos datos. Google dice que nanai, que esa exclusión sería censura. Yo digo que si no sería más fácil borrar los datos en el origen o, no borrarlos, mejor aún, obligar a la gente a hacer bien su trabajo.

Hay diversos métodos por los cuales un buscador no puede acceder a un contenido específico de una página web, se me ocurre sin mucho pensar el «User-agent: * Disallow: /«. No me voy a poner ahora mismo a dar lecciones básicas de HTML, pero el que no haya entendido nada puede visitar la web robotstxt.org.

Lo triste es que, al caso, no estamos hablando de webs de pacotilla dedicadas a dios sabe qué en quién sabe dónde, estamos hablando de que estos ciudadanos se han quejado de webs dependientes del Estado o de los Gobiernos Autonómicos y Provinciales, así como de algún que otro medio de comunicación. Es decir, webs con medios para hacer controles de seguridad mejores y pertenecientes a entidades a las que se les presupone una preocupación fehaciente por la salvaguarda del derecho a la intimidad. Los primeros porque deben, los segundos porque es el pan suyo de cada día. Y sin embargo, ahí está, a la vista de todos.

Escribes tu DNI y si te han concedido una beca, una subvención, un crédito, un premio, si te presentaste a unas oposiciones o si te han puesto una multa, tienes muchas posibilidades de aparecer con nombres, apellidos y, en algunos casos, hasta con la última dirección conocida. Todo porque a nadie se le ocurrió que un buscador podría indexar ese apartado de la web del organismo que concede las ayudas Pepita Flores al mérito estudiantil. Y, claro, la culpa es de Google, por hacer bien su trabajo, y no de la entidad responsable de colgar los datos en Internet sin el menor control de acceso.

Volviendo al principio, Facebook me da la opción de rellenar o no mis datos personales, me da la opción hasta de cambiarme el nombre y, para colmo, va anunciando a bombo y platillo que quiere vender mis datos, por si todavía no los he borrado, para que vaya corriendo ha hacerlo. El Estado NO y mira que por una parte lo entiendo – tiene que tener un cierto control sobre los ciudadanos- pero una cosa es que Hacienda sepa donde mandarme las cartas y otra que, por por haber realizado un trámite, cualquiera me ubique en el mapa, con todos los riesgos que esto implica.

Espero que, con el paso de los años, igual que el ciudadano medio se familiariza cada vez más con Internet, los responsables de las webs públicas también ganen experiencia y aprendan de los errores…

[y que escriba yo esto en 2011 no nos deja precisamente a la cabeza en el uso de Internet]

La piratería en Internet o de cómo ahorrar en bazofia y gastar en felicidad

Hace años que acabé harta de gastar el dinero que ganaba en videojuegos, películas y canciones que, al final no me gustaban porque la única forma de averiguarlo era jugarlo primero, verlo primero, escucharlo primero.
Hace años que, gracias a Internet, comencé a ahorrar en bazofia y a gastar en felicidad. Porque gasto, claro que lo hago, no sé si seré de las pocas o de las muchas, pero sí sé que soy de las que pasa por caja cada vez que encuentra algo por lo que sí merece la pena pagar. Hablo de ediciones coleccionistas, de juegos y películas repetidas y de discos por duplicado, el normal, la nueva edición, la de rarezas… Ya que, insisto, no me duele pagar por lo que me hace disfrutar y sí me fastidia gastar mi dinero en algo a lo que no le saque partido físico o espiritual, pues, aunque tenga llenas las estanterías de videojuegos, películas o discos precintados, no quiere decir que no los disfrute, ya digo, si lo tengo es porque sé que me gustó y, para que me gustara, obviamente, he tenido que poder jugar, ver, escuchar lo que sea con antelación. Y, esto, le moleste a quien le moleste, esto sólo me lo ha permitido la piratería en Internet.
A Internet le debo permitirme conocer en un par de años a más músicos y artistas de los que pude haber oído hablar durante el resto de mi vida. Claro que no he comprado las creaciones de todos, pero sí de aquellos que… ¿cómo era? Ah, sí, que me han gustado. Lo siento si con esto sólo fomento el desarrollo de lo que me alegra la vida. Comprendo que los creadores quieran proteger sus obras, pero me niego a que vuelvan a obligarme a gastar el dinero en porquería porque ésa sea la única forma de descubrir si lo que tengo entre manos me gusta o no. Que aprendan de las demos descargables, de los músicos que regalan sus discos antiguos para que compres los nuevos. Que se adapten. Que caminen hacia delante y no contra corriente.
Y si os preguntáis por los libros y sus escritores… lo bueno que han tenido, de siempre, era que podías coger un ejemplar en la librería y ojearlo o, mejor aún, leerlo entero gratis en cualquier biblioteca y, no sé, se me hace raro que ahora también se sumen a las protestas por la divulgación libre de sus obras, todavía más en un país de supuestos analfabetos de los que siempre se ha dicho que leemos poco.