A vueltas con las seguridad en las webs gubernamentales: Pago de tasas de la DGT

Captura de pantalla de una excepción de seguridad lanzada por Firefox

Captura de pantalla de una excepción de seguridad lanzada por Google ChromeCaptura de pantalla de una excepción de seguridad lanzada por Safari

Los certificados de confianza y los portales web gubernamentales están reñidos. Da igual con qué navegador lo intentes, ninguno confía en la seguridad implementada en dichas webs, ni en los certificados emitidos por la Fábrica Nacional Moneda y Timbre.

Vivimos en ese absurdo desde hace años y contamos con los dedos las ocasiones en las que hemos salido airosos de alguna gestión online con el Estado.

Añadir excepciones de seguridad se ha convertido en el pan nuestro de cada día y luego somos nosotros los que tenemos que andarnos con ojo y recalcar que usamos cookies a la par que debemos jurar que no trapicheamos con los datos de nuestros usuarios almacenándolos en servidores de asaberdónde (Safe Harbour).

Esta situación, ya de por sí penosa, se torna inquietante cuando te da por pensar que, como reza Google Chrome en su advertencia: Es posible que los piratas informáticos estén intentando robar tu información. ¿Por qué no? ¿Por qué no iban a meterse en medio, sabiendo que no necesitan certificado alguno ya que los oficiales no siempre funcionan? Pero lo peor es cuando, por tu trabajo, por necesidad y porque no hay otra, te toca tragarte toda esa falta de seguridad, dar tus datos bancarios, cruzar los dedos y esperar que la transacción que acabas de hacer haya sido para el Estado y no para otros piratas. Cof. Cof.

Todo esto viene a cuento de que esta semana me ha tocado lidiar (cliente mediante) con la compra de tasas en la web de la Dirección General de Tráfico (telita). Que funcionaba de aquella manera, pero funcionaba… Hasta que hace un par de semanas todos estos certificados de los que vengo hablando han cascado al punto de que, si se quiere hacer algo, además de liarse a añadir excepciones de seguridad, hay que forzar conexiones (más) inseguras (aún). Telita, telita.

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Un año que se va por otro que vendrá

Contadas con los dedos de una mano. Las entradas del blog este año se pueden contar con los dedos de una sola mano y no hacen falta ni todos. Por suerte —o por desgracia— no tengo una legión de fans a la que defraudar, sino más bien visitas esporádicas en busca de soluciones a problemas con los que previamente yo me había ido topando y cuyos remiendos fui esparciendo por aquí.

No es que este año haya dejado de encontrarme situaciones a las que aplicar mi ingenio. Tampoco es que me haya convertido en un ser huraño que no quiera compartir lo que sabe. Ha sido la vida. Una ni mejor, ni peor. Nada espectacular, tampoco aburrida. La vida misma, simplemente. Proyectos elegidos a conciencia, que poco tienen que ver con el diseño gráfico y mis paranoias informáticas; añadidos accidentales que no tienes corazón para rechazar… y el día a día. Sucumbo con poco, me saturo rápido.

De esos proyectos, algunos laborales, otros no tanto, ya he comentado en alguna ocasión aquí el principal: Una de romanos, o de pre, para ser más exactos, o de ahí-ahí porque es de cuando la conquista. Una novelilla de apenas 250 páginas que ha consumido buena parte de mi tiempo, no diré que de mi esfuerzo porque no tengo la sensación de que me haya costado en exceso. Será porque llevo más de 10 años dándole vueltas al tema —no de seguido, claro está— y porque toda la documentación pertinente la fui recopilando por amor al arte. Lo que sí me cuesta es soltarla. Esa revisión final…

De los añadidos accidentales no he contado nada aquí, pero mis acosadores en las redes sociales (espero que sólo sean los recolectores de big data que rapiñan con fines publicitarios) sabrán que se trata de lo que hace meses era un tonelete con patas y ahora, un calambre meón: Mi perra, Dana. Su historia no es enternecedora más allá de sus expresivos ojos, no viene de ninguna perrera, ni la he sacado de la calle: Me la encasquetaron —de lo cual una al final siempre se alegra por todo el cariño que estas bolas de pelo dan— y no supe decir que no. Así que el año que pintaba de perlas para ir a la Comic-Con de San Diego (que, por cierto, el año que viene ya no será ahí sino en Los Ángeles) terminó siendo el de «gástate tu sueldo en pañoletas para el pis porque te ha tocado en gracia una pelusa monisérrima que reparte tanto amor como orín es capaz de procesar.»

Foto de mi perra con la típica cornamenta de reno de Navidad
Dana, el día del sorteo del Gordo, en 2015. Lo que un perro tiene que soportar…

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Google ya no es ese amigo que te ayuda con los deberes, ahora es el matón de la clase

¿Os acordáis de cuando Google era sólo un buscador? Hacía sólo una cosa, buscar, pero lo hacía de maravilla. Los años, la expansión empresarial, los cambios de tendencias, la forma en la que nos relacionamos con nuestros dispositivos, sean móviles o fijos, han ido modelando un nuevo Google que, con la sonrisa por delante –que para eso está el marketing– nos ha ido vendiendo sus nuevos productos como la mejor de las alternativas a lo existente. Y en un principio sí era así, porque Gmail, con su giga de «gratis» que ofrecía entonces, encandilaba nuestras mentes entumecidas por culpa de los Hotmail, Mixmail, Terra, Telefónica o a saber.

Pero con el tiempo, ese amigo siempre dispuesto a ayudarnos que no quería ser malo, empezó a jugar con un boli vacío transformado en cerbatana y nos fue lanzando molestas bolitas de papel: que si únete a Google+, que si ahora en YouTube no se pueden usar alias, que si como no me haces caso converjo Google+ con Youtube, que si te cierro Google Reader que no me sale a cuenta… Y eso a nivel usuario, porque si te metías por detrás, queriendo destacar en lo que seguía siendo el principal motor de Google, su buscador, te desquiciabas cada vez que le daba por cambiar la forma en la que la maquinaria indexaba las webs para que aparecieran unas u otras más arriba, según los criterios del momento.

Por norma general, nunca me han molestado mucho los cambios en el algoritmo del buscador de Google, pues hace años creí entender que lo que perseguían desde la empresa, actualización tras actualización, era ofrecerle a las personas –a sus usuarios– los resultados más apropiados, de manera que si una web era honesta, hablaba de su actividad con franqueza, estaba al quite en las redes sociales, se mantenía al día… todo le vendría rodado con los resultados de búsqueda. Que hay técnicas específicas, sí; que se pueden pagar anuncios, también; que la lucha puede ser encarnizada, bueno… Allá se peleen las grandes empresas con grandes presupuestos, que los negocios locales con el trabajo día a día tienen bastante.

En su (supuesto) empeño de mostrar los resultados más relevantes para el usuario en sus búsquedas, Google da ahora un nuevo paso: Sin versión responsive desapareces el 21 de abril. Como suena, si tu web no está adaptada a móviles y tabletas, ciao ciao, be bye. Y bien mirado, oye, que sí, que me parece correcto que, si estás en un dispositivo móvil, te afinen la búsqueda con resultados que van a ser adecuados a tu pantalla y ligeros de carga. Pero como con todo, hay que fijarse en la letra pequeña. Y la letra pequeña de este movimiento por parte de Google dice que, para comprobar que tu web se adapta, des a GoogleBot la libertad de ver tu site como si fuera una persona, es decir, que si tienes restricciones para robots, que las vayas quitando, que la discriminación es fea y los robotos de las webs tienen su corazoncito.

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