Describiendo imágenes, creando historias

Hoy en «Cómo colaros otro relato mío antiguo», os voy a hablar de un recurso ligerito de la escritura creativa: Escribir a partir de una imagen. ¿Que no tienes nada que contarle a la gente pero aun así quieres dedicarte a la escritura? ¡Bienvenida al club!… Ah, no, perdón, no era eso: ¡Sin problema! (ahora sí). Pilla una foto cuqui y lánzate a anotar todo lo que te sugiera: ¿Quiénes son los de la foto? ¿Qué hacen? ¿Para qué hacen lo que hacen? ¿Cómo han llegado ahí?… ¿¡Cómo que no hay nadie y solo ves nubes!? ¿Y no te inspiran? Pues no sé, chica, busca otra imagen con más chicha. Será por fotos en Internet.

Escribiendo a partir de una imagen

Sin ponerme estupendísima yo ahora exaltando la plasticidad de la écfrasis en el arte (hay artículos por ahí explicados por gente entendida), me voy mejor por lo sencillo: En mi caso se trata siempre de quitarme de encima el bloqueo del escritor. Para esto hay infinidad de ideas, juegos y prácticas. Pero una de mis favoritas, porque me gusta fantasear, es tomar como punto de partida una fotografía ajena e imaginarle posibilidades. Así, de esta imagen, surgió el relato breve que le sigue. Sin más trascendencia.

Desconozco el autor, el lugar y la fecha. Lo siento. No sé ni quiénes son ellas, pero igualmente les doy mil gracias por «No es mentira».

No es mentira

No es mentira que el tiempo se ralentiza todos los veranos en el arroyo.

A Juana y a Chari les sienta de maravilla el paseo matutino a las afueras de la villa, donde las aguas del arroyo son más claras y no se mezclan con las de la colada. Cargan los cántaros vacíos en las alforjas de la mula Felisa, así bautizada por el padre de Chari en honor a la abuela –imaginaos cómo será la señora–, y emprenden camino en pos del agua.

No hay día que la sencilla tarea no se complique:

—Hoy bajaba poca agua y los cántaros no se llenaban.
—Hoy bajaba mucha agua y los cántaros se rompían.
—Hoy Felisa no ha querido.

Y, a pesar de semejantes contratiempos, a Juana y a Chari les sienta de maravilla el paseo matutino.

Juana es la del vestido a rayas. Chari, prefiere los lunares. Y, aunque vistan parecido, nunca van igual. De los errores se aprende. Ya les pasó en una ocasión que tuvieron que convencer a Felisa abuela de que el traje de su nieta siempre había llevado el ribete naranja y no del amarillo desteñido que (casualmente) vestía Juana ese mismo día.

—Te sobra sisa, niña. La que a tu amiga le falta.
—Que no, abuela, que me gusta ancho, que con este calor se trabaja mejor.
—Y a ella le gustará estrecho, para lucir la rima.
—Y a ella chitón, abuela. A ver si se va a fijar usted ahora en las mujeres.
—Con una que se fije…
—¡Abuela!

Esta mañana como de costumbre Juana y Chari han bebido del arroyo, han llenado los cántaros y se han refrescado. El agua todavía empapa sus espaldas cuando inician el camino de vuelta. De los cabellos húmedos resbalan gotas que calan la tela de sus vestidos. Los lunares blancos de la bata de Chari comparten espacio con las salpicaduras. Las rayas verticales del vestido de Juana engañan al ojo canalizando y alargando la humedad. Ella no lleva blusa interior y, en el vaivén de las franjas al ritmo de los pasos de la mula, se transparenta la tela un pliegue sí, un pliegue no. Un pliegue sí, un pliegue no… Porque no es mentira que el tiempo se ralentiza todos los veranos en el arroyo.


Quizá necesite alguna vuelta, porque no he retocado mucho el relato desde que lo escribí, pero supongo que se capta la idea de para qué sirve escribir por escribir partiendo de una imagen. Hoy no os vendo la moto de los talleres de escritura, pero viene del mismo sitio que casi todos los demás.

¡Hasta la próxima! Comentad qué os ha parecido si queréis. :-P

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