Como si yo entendiera de bombas nucleares: Ejemplos prácticos III

Ahora tocaría hablar con el personaje, a ver qué tiene que decir del embolao en el que le he metido. Tras saber más o menos qué le va a pasar y haber definido por dónde se va a mover, mi protagonista y yo tenemos unas palabras.

Tercer punto de este proceso creativo: 
Hable con él

Cuando ya está el escenario claro y sé lo que va a ocurrir, me entretengo hablando con el personaje protagonista para conocer su forma de expresarse, su motivación. En este caso específico, como el relato transcurre en Japón, me amoldo mínimamente a sus artificios lingüísticos y en lugar de utilizar un apelativo genérico españolizado como «señor» tal o «señora» cual, recurro a los honoríficos japoneses (san, sama, kun, chan).

Niveles del lenguaje

Solo con atender a los honoríficos ya habría un mundo, porque no vale con escoger uno al azar: Los hay más formales (san, sama), para niños (chan, quizá el más conocido aquí), algo más intermedio para adolescentes o cargos inferiores (kun), para compañeros de trabajo (senpai) o sensei para profesores, doctores… En fin, de todo. Por cierto, sama no es el femenino de san, sama es un honorífico incluso más respetuoso.

Pero además (y reforzado por esto) veréis que hay dos niveles en el lenguaje del diálogo que lo hacen vertical: Uno del personaje a la autora (respeto extremo). Otro de la autora hacia su personaje (más neutro, menos formal). No se mantiene una conversación entre dos pares (ambos personajes aparecen distanciados), sería ilógico tratarlos por igual.

# Una sombra en Hiroshima (diálogo con el personaje)
—Sí, buenos días, autora-sama, disculpe. Le presento mis respetos. Mi nombre es Hikaru Misaji…
—Lo sé, te lo he puesto yo.
—Ya, sí, bueno, no quiero contradecirla pero me lo puso mi madre, le costó convencer a mi padre.
—Lo sé, es lo que me imaginé que pensarías.
Hikaru me mira contrariado, se quita las gafas y las limpia con un pañuelo blanco perfectamente planchado que saca del bolsillo de su camisa. Se toma su tiempo ordenando pensamientos.
–Hikaru significa luz, resplandor —le digo–. ¿No te parece precioso?
Termina de ponerse las gafas y en su reflejo puedo ver lo que él está mirando ahora: No muy lejos de donde se encuentra, una columna de humo y fuego todavía no rematada por la típica boina achatada del champiñón atómico.
—No creo que me quede demasiado tiempo –me dice mientras intenta encender su último cigarrillo. El reloj de su muñeca marca las ocho y quince–. ¿Cuidará de mi mujer? Ella ha perdido ya a nuestros dos hijos en la guerra.
Durante un momento siento pena por él.
—Hikaru, yo…
–No, no se preocupe, autora-sama, lo comprendo —da una larga calada al cigarro–. Alguien tiene que personificar este momento y hacerlo comprensible para otros —exhala el humo del tabaco–. Una cifra escrita en un libro de Historia no transmite lo mismo que una historia escrita en un libro –dice a modo de haiku mal traído (que es para lo más que da su autora)–. Pero mi mujer…
–No sufrirá –le prometo, porque al fin y al cabo, lo que nunca existió tampoco tiene esa capacidad.
—Gracias –me dice mientras se desvanece con su cigarrillo dejando tan solo el leve recuerdo de su sombra en la pared. Son las ocho y cuarto del seis de agosto de 1945.
—Gracias a ti, Hikaru. Gracias a ti.

¿Un poco de pena? ¿No? ¿Ahora tampoco? Venga ya, un poquito de empatía, que el hombre ha perdido a sus dos hijos en la guerra y ahora va a dejar viuda a su mujer y encima lo hace con abnegación porque cree que sirve a un bien mayor. ¡No tenéis corazón! O yo no me sé expresar mejor. Lo más llamativo de esta parte del proceso es que el protagonista ni siquiera tiene una línea de diálogo en el relato final. Pero todo esto sí que me servirá.

Por cierto, el avioncito de la foto de cabecera es el bombardero Enola Gay que tuvo la especial misión de soltar la primera bomba atómica de la historia sobre Hiroshima, este destello que nos lleva rondando ya varios ejercicios. En fin, hasta la vista, baby. O como decimos aquí: Sayonara, baby.

Vuelvo pronto, prometido.

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